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Trabajadores emigrantes hacia Estados Unidos: La ecuación era perfecta |
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Escrito por Administrador del Sistema
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martes, 18 de abril de 2006 |
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Más de un siglo adquiriendo la fuerza de trabajo sin pagar los costos de su reproducción
Jorge Gómez Barata (Argenpress)
Como partículas atrapadas por un imán que los repele con la misma fuerza que los atrae, protagonistas de coyunturas históricas irrepetibles, víctimas y usufructuarios de una contradictoria política migratoria, los emigrantes hispanos en los Estados Unidos padecen el síndrome que persigue al Tercer Mundo: llegar tarde. Las razones por las que los Estados Unidos se desarrollaron como una Nación de inmigrantes, no tienen nada que ver con la generosidad. Se trataba de un gigantesco territorio en el que se implantó un capitalismo que, además de crecer más rápido que su población, mediante una expansión territorial salvaje triplicó su territorio. Norteamérica necesitaba gente y no podía esperar a que crecieran. Entre 1850 y 1920 los inmigrantes quintuplicaron la población.En la universidad, un profesor de economía política nos explicaba que al calcular el valor de la fuerza de trabajo, además de las necesidades de los obreros, se incluyen las de su familia. Los obreros nacen pequeños y mientras crecen cuestan montones de dinero. Al poco rato, otro maestro nos revelaba que aquella fórmula no aplicaba a Estados Unidos que, mediante la emigración, adquirían la fuerza de trabajo sin pagar los costos de su reproducción.Mientras, en el Tercer Mundo, la población crecía a ritmos muy inferiores a los de la economía. La ecuación era perfecta. En América Latina sobraban trabajadores que hubiera sido beneficioso exportar. La mala noticia fue que aquellos excedentes no interesaban a Estados Unidos que prefería a los europeos porque eran blancos y más educados, venían de una tradición industrial y eran políticamente predecibles.La inyección de mano de obra joven y entrenada favoreció el despegue de la economía norteamericana que al crecer estimulaba nuevas oleadas de emigrantes. La noria que alimentaba el capitalismo norteamericano, saneaba el de Europa, superpoblada e incapaz de generar empleos para absorber su propio crecimiento demográfico. La fórmula americana de importar brazos y talento, permitió resolver con bajos costos, enormes tareas como: la asimilación de Florida y Luisiana, la población de los territorios arrebatados a México, la conquista del oeste, sustituir cinco millones de esclavos y asumir la reconstrucción del sur después de la guerra civil y dar respuesta a las necesidades de mano de obra derivadas de la Primera Guerra y Segunda Guerras Mundiales. El esquema funcionó hasta que Europa avanzó lo suficiente como para establecer el estado de bienestar, ofrecer oportunidades, pagar excelentes salarios, legislar acerca de la asistencia y la seguridad social y hacer que los emigrantes europeos fueran más exigentes. En aquellas circunstancias se operó un cambio cualitativo en la economía norteamericana que dejó de exigir grandes masas humanas para las faenas generadoras de alto valor agregado. Los emigrantes europeos dejaron de satisfacer las necesidades de la agricultura y los trabajos peor remunerados. Llegó el turno para América Latina, especialmente para los países más cercanos, asequibles y pobres: México y Centroamérica. El resto de la historia es redundante. Los emigrantes latinoamericanos asumieron los nuevos roles, sólo que ahora las elites de poder norteamericanas, no los reciben con la misma disposición como en el pasado acogieron a los europeos. Los hechos están a la vista y los emigrados en la calle no para pedir migajas sino para defender derechos que van a ganar. Estados Unidos es un país de emigrantes y no puede vivir sin ellos. Las actitudes xenófobas y reaccionarias no pueden cambiar eso que es un dato de la realidad. |