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Relato desde una ciudad arrasada por las bombas PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Administrador del Sistema   
martes, 18 de julio de 2006
[foto de la noticia]

El centro de Beirut parece un cementerio. La gente rica huye a las montañas. Los extranjeros dejan el país por tierra y por mar. Los pobres se protegen como pueden, en escuelas o mezquitas.

Por María Laura Avignolo -
Enviada de Clarín a Beirut



Una inmensa desolación. Un silencio inquietante. Esa es la primera sensación al recorrer las calles vacías de Beirut. Ni un alma camina por sus veredas, un olor ocre y típico de flamante bombardeo se vuelve insoportable en un día húmedo, caluroso y gris. Los puentes están destruidos y una sensación intimidante de miedo y de peligro se convierte en incontrolable.

Beirut es hoy una ciudad fantasma, desertada por sus habitantes que no resisten el ruido ultrasónico de los aviones F-16 en el cielo y de los bombardeos israelíes. Los más ricos han huido del país. Los otros se refugiaron en sus pequeñas casas en la montaña y los más desprotegidos se apilan en escuelas públicas, las mezquitas o donde les dan alojamiento seguro en el norte.

En el puerto de Beirut, siete camiones aún arden en la playa de contenedores. Uno simplemente ha sido volatilizado, sólo queda el chasis y la memoria de su chofer. En el otro también murió el conductor. Los cinco restantes tienen sus puertas abiertas, una señal de una huida aterradora. De ellos sale una columna de humo. Son la imagen del bombardeo israelí de la mañana de ayer en los docks de Beirut, que forzó al ferry griego que venía a evacuar a los ciudadanos franceses a esperar en el Mar Mediterráneo mas de tres horas, hasta que finalizaran la operación por orden de Israel.

El edificio de las oficinas portuarias de Kamouik demuestra la violencia del bombardeo. Sus ventanas estallaron por la onda expansiva, los muebles están incrustados en las paredes. La cooperativa de los trabajadores del Estado corrió la misma suerte.

Ali Awad es una leyenda, probablemente el más respetado de los choferes de guerra de Líbano y veterano de todos sus crisis. Al volante de su poderoso Mercedes Benz blanco se convierte en el guía de este horror. "Pobre Líbano, otra vez como en 1982, cuando nos invadió Israel", es su saludo, en la puerta de entrada del puerto. "Está muy peligroso. Es una guerra distinta, donde la tecnología traumatiza a la gente. No se puede evitar el miedo. Yo creía que era una sensación desconocida para mi", aclara, con calma.

Primera parada: la tumba de Rafik Hariri, el primer ministro asesinado en el 2005 y que desencadena la retirada siria del Líbano. Un policía la cuida y mira aterrado el cielo. El "centre-ville" de Beirut parece un cementerio. Ni siquiera la mezquita está abierta.

Acelera Alí como un bólido. Avanza por la carretera al aeropuerto, volada por los israelíes para evitar el paso. Una cinta colorada lo advierte. Un giro rápido y a los suburbios del sur, el territorio de Hezbollah, la milicia shiíta y resistencia islámica en el sur del Líbano, que secuestró a soldados israelíes y atacó con misiles a Israel e inició la crisis el miércoles pasado.

Tierra arrasada. Un camión azul está achicharrado por el bombardeo en una esquina, en la vieja ruta al aeropuerto que atraviesa el barrio. Los edificios aparecen aplastados como una torta por los bombazos de fósforo, las imágenes del ayatollah Komeini destruidas por la onda expansiva. El barrio está vacío. La gente ha huido a donde ha podido. No hay luz. Ni siquiera se ve a un miliciano de Hezbollah, con su clásico uniforme negro. Nadie. Muy cerca, los campos de refugiados palestinos de Sabra y Chatila, con un tanque libanés en la entrada.

"Hay que pasar como un misil por aquí. Muy pero muy peligroso. Un territorio prohibido. Yo vivo en el sur de Beirut, muy cerca del aeropuerto. Ayer volví a casa a buscar ropa. No deben quedar ni 50 personas allí. Todos ancianos, sin recursos. Hay gases tóxicos de los bombardeos que no dejan respirar", explica Ali, mientras avanza por la vieja ruta.

A las 4 de la tarde de ayer, el supermercado Monoprix está cerrado, en el hospital principal de Beirut no hay señales de vida. Villa Olímpica, esa espectacular herencia del ex primer ministro asesinado Rafik Hariri, parece un monumento al renacimiento trunco de un país martirizado por la guerra, con sus habitantes convertidos en rehenes de una batalla estratégica que incluye a Hezbollah, respaldado por Irán, y Siria, e Israel, apoyado por Estados Unidos, en su "guerra preventiva" contra el terror.

El auto avanza por la Corniche, esa carretera costera donde los enamorados pasean en el verano libanés y las inmensas torres de extravagante arquitectura son el símbolo de la reconstrucción después de la guerra civil. Los millonarios petroleros del Golfo son los dueños de esos pisos espectaculares, con vista al Mediterráneo. Están todos cerrados. Sólo han quedado las mucamas sudanesas, filipinas, eritreanas, que componen la mano de obra barata libanesa, abandonadas a su suerte.

Hard Rock Café, cuyo dueño era el hermano de Osama bin Laden, también bajó las persianas. Solía ser el lugar "chic" de los jóvenes libaneses y del Golfo para una complicidad que, en los países más estrictos musulmanes, no existe.

Un flash en el cielo, el F-16 avanza desde el mar con su inconfundible ruido. Alí acelera. Pasa frente a El Manar, el faro último modelo libanés para orientar el tráfico marítimo, demolido por los bombardeos. En el camino no se ve un solo restaurante abierto o negocio o banco.

"¿Restaurante abierto? ¿Para qué? Si no hay gente para comer. Yo no como más desde que empezó esta guerra. No puedo, perdí el apetito. Pero en medio de este horror hoy fui abuelo. Por eso partí a la montaña con la familia: para protegerlos. Allí nació Alla, mi nieta. Es la única buena noticia en Líbano", filosofa Alí.

El ferry griego que evacua a los ciudadanos franceses está partiendo. Se cierra "la ventana" de algunas horas abierta por los israelíes para permitir la operación antes de reiniciar los bombardeos. Ashrafieh, un barrio cristiano de Beirut, es el lugar más seguro de la capital. No todos sus habitantes han huido y aún quedan algunas farmacias y negocios abiertos.

En Spenez, el supermercado del barrio, los precios se han disparado hasta el asombro. ¿Un ejemplo? Las papas subieron de 55 a 1.100 libras libanesas (unos 2,50 pesos) en tres días. Faltan las legumbres y los pescados más frescos tienen siete días.

"En 72 horas más no vamos a tener stock. Ya escasea el arroz, el azúcar, la leche", advierte Jessi, una estudiante universitaria de 20 años, que trabaja de cajera. "Hemos quedado en las manos de la ONU. Mi esperanza es que no dure mucho esta guerra. Yo no estoy de acuerdo con Hezbollah y con su ataque de misiles. Pero la revancha de Israel ha llegado demasiado lejos. Los objetivos somos nosotros, los civiles", aclara.

No todos coinciden con ella. Hasta hay cristianos de acuerdo con las acciones de Hezbollah, después de la guerra civil entre las diferentes facciones libanesas. No quieren repetir esa historia. "Hezbollah debe ser cada vez más fuerte para poner un límite a Israel. Estas acciones son inaceptables. Sólo convalidan a Hezbollah", explica Salim Halawi, un ejecutivo.

Anochece en Beirut. La primera explosión se escucha hasta dejar al barrio sordo. En la primera hora otras tres bombas se suceden. El bombardeo es luego incesante. Desde la ventana del hotel, se puede ver cómo el cielo se enciende. El bombardeo es sólo a quince minutos de Alshafire. El doctor y cancerólogo Elias Tueni ve esos mortales fuegos de artificio en el cielo desde la terraza de su último piso, en la rue Chablis. Su hija belga partirá en el próximo convoy pero él ha decido quedarse. ¿Por qué? "Yo soy un optimista, los pesimistas ya se fueron
".

 
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