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La tortura es parte de la cultura por derrotar. Iván Padilla Bravo. PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Administrador del Sistema   
lunes, 06 de marzo de 2006
Iván Padlla Bravo
El pasado viernes 3 de marzo, un joven de 21 años de edad, junto a muchas otras personas, cruzaba a las 5 de la tarde frente a un semáforo de la Plaza Venezuela. Justo frente a la luz roja que obliga a detenerse a los vehículos, una camioneta, conducida por un señor calvo, acompañado por una dama que bien pudiera ser su esposa y en el asiento trasero un niño, atento por aprender algo nuevo, observa.

El vehículo no se detuvo, el caucho de la rueda delantera izquierda dejaba su huella sobre el pantalón azul del transeúnte que se dirigía a su casa. Al pararse, el conductor se baja airado del carro y la emprende de improperios contra el joven, a quien pretende culpabilizar por haberle detenido la marcha apurada y privilegiada de la camioneta que, además, se hacía acompañar por un par de motorizados de esos que nadie sabe si son policías o malandros con licencia para agredir y jefes que consienten sus prepotencias hechas golpes y cachazos de pistola.

Al torturador no le hace falta razón alguna para poner en práctica lo que lleva en su cerebro, enraizado como cultura de la muerte y la destrucción. El torturador posiblemente ni sepa exactamente si él mismo es un ser humano, igual debe golpear a su mujer y sus hijos si es que los tiene. El torturador representa una cultura. Pero en esa cultura la sociedad le acompaña. La sociedad que lo formó como tal y que todavía, en tiempos de revolución le alcahuetea.

Es inconcebible que un alto funcionario que se hace proteger –no sé de qué- por unos matones, cuando estos actúan como tales, aquel no los detiene, no lo impide, los alcahuetea. Eso se llama complicidad, cuando menos.
El joven de 21 años es mi hijo, pero para los efectos de este comentario, es un ciudadano más, que merece ser tratado como persona. El agresor y sus espalderos es un alto funcionario de un organismo del Estado.

En fin, el problema no es personal, es cultural. La muerte no es la característica de esta revolución por la que estamos comprometidos. El amor debe ser el motor principal que nos conduzca a la sociedad donde prevalezca la vida. Quien no se anote en este camino, lo que está haciendo como revolución es una morisqueta.
Modificado el ( lunes, 06 de marzo de 2006 )
 
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