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Carta a la madre de un soldado yanqui muerto en Irak PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Administrador del Sistema   
lunes, 22 de agosto de 2005
Carta a la madre de un soldado yanqui muerto en Irak
ABN 19/08/2005
Caracas, Distrito Capital


Caracas, 19 Ago. ABN.- Apreciada Mrs. Smith:

Puede que esta carta nunca llegue a sus manos, por carecer de la dirección de su domicilio, pero la escribo con la esperanza de que algún día pueda leerla, en caso de ser rescatada del vasto océano de internet adonde la he lanzado, por algún benévolo e intrépido cibernauta que después de traducirla al inglés, la entregue, no solo a usted, sino también al resto de las madres que perdieron a sus hijos en la guerra de Irak.


En primer lugar, Mrs. Smith, deseo expresar mis sinceras condolencias a Ud. y a su familia, al igual que a las otras madres y sus familiares y al pueblo estadounidense, cuyos hijos perecieron en esa guerra tan absurda como todas las guerras, solo que ésta, por estar sustentada en la mentira, la hace aún más vil y repugnante que las otras, y condena a quienes la instigaron y lanzaron, al repudio y desprecio de la humanidad.


Porque Ud. como otras madres, sus hijos y la mayoría en su país, cayeron en la trampa de la falacia lanzada por el mentiroso George W. Bush, sus "perros de la guerra" y dos lacayos europeos que les manipularon asegurando que el gobierno de Bagdad era terrorista y que poseía Armas de Destrucción Masiva (ADM), cuando en verdad, el único país que tiene el mayor arsenal de ADM, en el mundo y practica el terrorismo de Estado es los EEUU.


Aún así, contra los sentimientos de toda madre, violando elementales normas del Derecho Internacional, ignorando a la ONU y desoyendo las voces que en todo el mundo rechazaron la aventura bélica que tramaban (entre ellas la de Pablo VI, quien advirtió que "aquellos que lanzaran esa guerra inmoral deberá responder ante Dios y ante la historia") su presidente y los "halcones", se abalanzaron codiciosos en procura del oro negro iraquí, su verdadero objetivo.


Hipnotizada por el bélico discurso de un emperador más cruel que el que, según algunos historiadores ordenó una noche incendiar a Roma, Ud., como todas las madres el resto de los estadounidenses, asistieron al tétrico espectáculo que protagonizó este Nerón del siglo XXI, en la madrugada del 20 de marzo de 2002, al provocar un incendio aun mayor que el registrado en la capital del Imperio romano en el siglo 64 A.C.

Ese día, G.W.B. ordenó a sus legiones imperiales lanzar bombas y misiles, tanques y cañones, que en pocas horas causaron la muerte de centenares de iraquíes, y que hoy, a 41 meses de esa fecha, han matado a más de 100.000 hombres, mujeres, niños y ancianos.


Sin embargo, Señora, como bien Ud. lo sabe, la aventura no tuvo el final que sus autores calcularon, pensando que culminaría en cuestión de semanas, y tras la marcha triunfal que llevó al ejército yanqui en arrollador avance hasta Bagdad, con su hijo tal vez entre sus filas, aquellos soldados no fueron recibidos como libertadores y héroes, como les había prometido el mentiroso Bush, sino como ocupantes y enemigos.


Es que la fiera resistencia opuesta por el pueblo al invasor, se ha convertido en una pesadilla que le quita el sueño a los estrategas del Pentágono, y en una ira justa e incontenible que arrebata todos los días la vida de más de un soldado del Imperio y sus aliados, como la vida de su hijo y la de los hijos de muchas otras madres estadounidenses, que se han perdido en ese pantano llamado Irak.


Tengo frente a mí, los nombres, fotos, grado y otros datos de los soldados, entre ellos el de su hijo, escogido al azar para efectos de esta carta, caídos en la guerra de Iraq, y su muerte, sinceramente, duele en lo más profundo del alma, porque eran hombres en la flor de la juventud, casi adolescentes, cuya edad promedio es 22 años, una de las etapas mas hermosas de la vida.


Eran estudiantes, trabajadores, hijos de familia, que hasta poco antes de partir al Medio Oriente y ser convertidos en "máquinas de guerra", a manera de robots programados únicamente para matar, soñaban con un futuro lleno de promesas e ilusiones que murieron junto a ellos, emboscadas en una calle o carretera de algún pueblo iraquí, cuyos nombres ya nos son tristemente familiares por la frecuencia de las noticias que registran allí la muerte de algún invasor.


Por eso, Mrs. Smith, era terriblemente triste y conmovedor, presenciar el espectáculo, como Ud. seguramente lo hizo y ahora prohibido por su gobierno, que se montaba en las páginas de periódicos y revistas y pantallas de la T.V. estadounidense, en el que se exhibía la llegada de féretros envueltos en la bandera de las barras y las estrellas, llevando en su interior los restos de soldados que como su hijo, fueron muertos en Irak.


Hasta hoy, la cifra de las bajas fatales estadounidenses en la guerra de Irak ascendía a 1.862, y si a la misma se suman las 228 registradas en Afganistán, totalizan 2.090, pues también en ese pueblo invadido y ocupado por orden del emperador Bush, están muriendo en los últimos meses muchos soldados del Imperio, tras la reorganización de la resistencia talibán.


Porque Afganistán, como usted recordará, fue la primera victima de un desproporcionado acto de presunta venganza que bajo el hipócrita nombre de "Justicia Infinita", fue ejecutado contra ese país a raíz del 11-Sep., con la excusa de capturar a Osama Bin-Laden, presentado como autor de los atentados, pero cuyo real propósito fue el de apoderarse de esa nación, cuya estratégica ubicación es vital para el paso, como ya está ocurriendo, de oleoductos y gasoductos de Asia Central al Mediterráneo.


Por si ese saldo fatal no fuera suficiente para condenar esos crímenes de lesa humanidad perpetrados por Bush contra el pueblo iraquí y contra sus propios ciudadanos, como su hijo, debo señora, señalarle también, que más de 14 mil soldados estadounidenses han sido heridos en la guerra de Irak, la mayoría de ellos gravemente, ciegos o lisiados para siempre.


Otros miles más han sido dados de baja, convertidos en despojos humanos al borde de la locura o dementes, destrozadas sus mentes por las horribles escenas de dolor que presenciaron o vivieron como protagonistas de torturas y matanzas de prisioneros y de la muerte de madres y sus hijos, destrozados por las bombas "inteligentes" o por la metralla de fusiles de alta precisión (como el que portaba su hijo), o muertos de sed y de hambre, durante el sitio de Falulla, la ciudad mártir, símbolo de la resistencia popular.


Por todo eso, debe comprender, que la pena que le aflige, como tampoco la que afecta al resto de las madres estadounidenses por la muerte de sus hijos que han fallecido en Irak, no es un dolor exclusivo de ustedes, porque esa trágica vivencia la sufren y se multiplica cada día en el corazón de decenas de miles de madres iraquíes, que han tenido como única suerte (que a otras miles de ellas le fue negada) el haber sobrevivido a la muerte a manos de los invasores.


La diferencia estriba en el hecho de que, mientras Uds., las madres estadounidenses disfrutan de la seguridad que significa vivir en el país agresor, alejado de la guerra, ellas las madres de Iraq, enfrentan a cada instante la amenaza de la muerte.

Por eso, ya es hora Señora Smith, de decir, "basta ya de tanta infamia, dolor y muerte" provocados por una guerra tan absurda como cruel, y ha llegado el momento de tomar acciones para salvar las vidas de los hijos de otras madres estadounidenses e iraquíes, que aún tienen la dicha de tenerlos vivos, aunque cada momento que pasa corren el riesgo de perderlos para siempre.


Porque a Ud., como a otras madres que la guerra les arrebató a sus hijos, les asiste el derecho irrenunciable de exigir el fin de un conflicto que cada día se asemeja en violencia y crueldad al de Vietnam.


Aquella fue una guerra que, después de 15 años de hostilidades, dejó como saldo la muerte de 59 mil soldados estadounidenses y de más de 5 millones de vietnamitas, y que terminó hace 30 años con la más grande derrota sufrida por el Imperio en su historia. Un fracaso que pervive como un síndrome imborrable en la memoria de su pueblo.


Únase Usted, y cuanto antes lo haga será mejor para el objetivo de paz que persiguen cientos de madres y padres, que lideradas por Cindy Sheehan, una mujer que como ellos y Ud. perdieron a sus hijos en Irak, han llegado hasta el rancho vacacional de G.W.B. para exigirle el retiro de las tropas yanquis en ese país del Medio Oriente.


Hasta ahora solo han recibido de parte del cowboy tejano, la prepotente respuesta de que los soldados invasores permanecerán allí, pues -según él- sería un mensaje erróneo que puede ser aprovechado por el terrorismo", agregando con el cinismo que le caracteriza que, "es muy difícil consolar a las madres y viudas de los soldados estadounidenses muertos en Irak.


Sus palabras demuestran un desprecio olímpico por el derecho y la reparación moral que reclaman esos hombres y mujeres, porque tanto ellos como sus hijos y el pueblo estadounidense en general, fueron engañados y arrastrados a esa guerra por él, "un mentiroso compulsivo", como lo describió recientemente el Premio Nobel de Literatura, José Saramago.


Porque fue ese farsante, acompañado por su coro de "halcones", quien lo hipnotizó con su discurso, un "canto de sirenas" que llevó a sus legiones a estrellarse contra las rocas bajo la furia del mar embravecido de la resistencia de un pueblo que las ha hundido en un pantano, donde la única opción es la huida para evitar lo que ya se vislumbra como una segura y humillante derrota, acaso peor que la sufrida en Vietnam.


Para finalizar, debo manifestarle apreciada señora, que estas reflexiones las hago como ciudadano de un país pequeño, pero digno y soberano llamado Venezuela, que también sufre continuas y graves agresiones del Imperio, pero que es defendido por un pueblo valiente y siempre solidario con las causas justas, y un ejército que, a diferencia del US Army, jamás cruzó las fronteras de la Patria para avasallar y oprimir pueblos.


La única vez lo hizo, fue hace 184 años, con Bolívar al frente, atravesando, ríos, valles y las cumbres de los Andes, soportando el acoso de las fuerzas enemigas, hasta triunfar finalmente en Ayacucho, donde selló la libertad de cinco naciones, hecho por el cual se ganó el honroso título de "Ejército forjador de Libertades" y que desde entonces, se lo recuerda al mundo con legítimo orgullo esa divisa colocada en los uniformes de sus soldados.


Al reiterar mis condolencias hacia usted y los suyos, se despide con un abrazo afectuoso y solidario,


Un ciudadano de Venezuela.


Por Hernán Mena Cifuentes.


La fuente original de este documento es:
Agencia Bolivariana de Noticias (ABN) (http://www.abn.info.ve)
 
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