| La noción de república democrática está siendo sepultada | |
Ernesto Carmona (Argenpress)
George W. Bush sincera la ficción de más 200 años de historia republicana democrática de EEUU imponiéndose como un virtual dictador. Con inusitada franqueza se despojó de la máscara democrática y dio por cierto que conduce una guerra permanente y sin fin, todo esto mientras la gran prensa guarda silencio y muy pocas voces políticas emiten señales de alarma.
Bush ya no necesita cumplir con las leyes desde su aserción de nuevos poderes invocando su investidura de “comandante en jefe en tiempo de guerra”, pero los grandes medios siguen manteniendo al ciudadano común en el sueño americano de la Isla de la Fantasía.
El lavado masivo de cerebro se consolida con un férreo control de los medios de comunicación. El periodismo de verdad y la libertad de información virtualmente desaparecieron en la gran prensa de EEUU y sólo sobreviven en el periodismo libre de Internet, ciertos programas de radio y algunas publicaciones alternativas de papel.
La misma gran prensa que hace tres años aplaudió con entusiasmo la invasión a Irak y participó en la patraña justificativa de las “armas de destrucción masiva” hoy oculta esta noticia en pleno desarrollo y mantiene en la penumbra a los ciudadanos de ese país.
En cinco años, Bush tomó posesión del Poder Judicial, en una escalada que alcanzó la cumbre con la reciente designación de Samuel Alito como presidente del Tribunal Supremo, después de haber llenado casi todas las cortes con jueces provenientes de la Sociedad Federalista, una organización de abogados fascistoides.
Con la mayoría republicana en el Congreso reformó numerosas leyes que garantizaban los derechos civiles y humanos y otras que abrían la puerta a los reclamos de los ciudadanos contra los abusos de las grandes corporaciones que ahora gobiernan el país. En cinco años, Bush se tomó los tres poderes clásicos del Estado y consolidó su control del llamado cuarto poder, que está inhabilitado para sacar a la luz pública sus trapacerías, excepto para celebrarlas y alabarlas.
Mientras se edifica una red de numerosas nuevas cárceles semi-secretas que nadie sabe para qué servirán, pero van a ser administradas por el Pentágono, pareciera que Bush se propone sacar de la circulación a sus críticos bajo la acusación de terrorista “afiliado”, una figura jurídica recién inventada por el comandante en jefe de un país en guerra permanente. Resulta lógico que esos presos de conciencia del comandante vayan a parar a cárceles militares, de paso levantadas por Kellog, Brown and Root, KBR, una filial de la petrolera Hallliburton, la corporación vinculada al vicepresidente Dean Cheney, que ya firmó el contrato de construcción por casi 400 millones de dólares con el Pentágono. Negocio redondo.
Y entre los primeros candidatos para ir a esas cárceles, sean nuevas o antiguas, se encuentran los periodistas que “socavan las victorias militares” y “colaboran con el enemigo” por su porfiada adhesión a la verdad. Es decir, corren el riesgo de ser castigados por su postura profesional y, de paso, por sus ideas y posición crítica. El jefe del Pentágono, Donald Rumsfeld, tiene ideas muy claras sobre el “peligro” que representa la prensa libre para los designios mesiánicos y megalómanos de Bush y su equipo de seguidores, vinculados todos a la industria de la guerra, aquel sector de poder que Dwight Eisenhower bautizó como el “complejo industrial militar”. Poco ha cambiado en medio siglo en la estructura del poder en EEUU, pero el estilo hoy es más brutal porque enfrenta a un enemigo difuso que también está dentro del país, o sea, el “constructo” del terrorismo.
Escarbando la basura
Como en la famosa observación de Sherlock Holmes, a veces el perro rastrea lo que no es más importante, hizo notar el periodista estadounidense Robert Parry (1). Esa misma sentencia podría aplicarse a los medios de alcance nacional de EEUU, que en su rutina cotidiana eluden tratar la extraordinaria concentración de poder que acumula George W. Bush, la mayor en la historia de ese país. Pero en EEUU también hay medios y periodistas críticos, con las mismas limitaciones de circulación y audiencia de sus pares de América Latina. Este artículo está basado en trabajos de Parry y otros redactores de www.ConsortiumNews.com.
Parry afirmó que el autoritarismo personal de George W. Bush sepulta más de dos siglos de la vieja república democrática de EEUU, pero la gran prensa no aborda adecuadamente el desarrollo de esta gran noticia. (2)
Los medios pueden coincidir en que Bush destripó la Constitución, abolió las leyes de derechos civiles y libertades públicas, se metió al bolsillo las Convenciones de Ginebra y reniega de la carta de Naciones Unidas, pero todavía esta historia extraordinaria no está adecuadamente abordada en los periódicos y en los noticiarios de cada tarde.
La prensa no ha explicado de manera coherente al pueblo estadounidense la notable abrogación de Bush de las leyes de EEUU y del derecho internacional. En el mejor de los casos, ciertos disparates del poder autoritario de Bush se tratan aisladamente, como si no formaran parte de un témpano más grande, más terrorífico.
Ninguno de los actos que marcan esta histórica acumulación de poder ha servido de gancho para promover un debate serio en la prensa. El gobierno de Bush virtualmente entregó su propia visión grandiosa de su poderío durante las audiencias que debatieron la detención de José Padilla (3), el nombramiento de Samuel Alito (4) en el Tribunal Supremo y el fin de las garantías frente al espionaje telefónico.
Por ejemplo, el ministro de Justicia Alberto Gonzales defendió el programa de espionaje telefónico citando el poder que se arrogó Bush para eliminar o evadir leyes en “tiempo de guerra” por su condición de comandante en jefe, figura utilizada también por Pinochet para saltarse el debido proceso y hacer desaparecer gente. Bush comete detenciones sin juicio, abusos con los presos, lanza operaciones militares en el extranjero y promueve asesinatos extrajudiciales.
Si la suspicacia del gobierno Bush marca a alguien como 'combatiente enemigo' o supuesto 'afiliado' de cierto grupo terrorista, la vida y la libertad de esa persona quedan en sus manos, sin ninguna evaluación imparcial de la evidencia. En buenas cuentas, Bush instituyó su propia dictadura, a la Fujimori, pero a fin de gobernar a lo Calígula. Más que un país, tiene detrás a un imperio.
Poder omnímodo
Lo que parece más peligroso para la historia de EEUU en esta aserción de la autoridad única de Bush es su nueva demanda de poder 'plenario' -o ilimitado- como comandante en jefe -escribió Parry- porque no existe un contexto de crisis nacional a corto plazo o de una guerra con un fin definido. Es una “guerra permanente”.
La arrogación de súper poderes presidenciales se da en lo que el gobierno y sus funcionarios llaman Guerra Larga contra el terrorismo, que podría “alargarse” por décadas y posiblemente para siempre. En vez de Guerra Larga, es la Guerra Sin Fin, indicó Parry.
Para este autor, efectivamente terminó el sistema de gobierno que el mundo conoció por más de dos siglos, con sus caros 'derechos inalienables' y sus 'controles y equilibrios'. El punto es que todo esto es apenas una historia menor en las noticias de EEUU. Incluso, cuando prominentes demócratas y algún republicano expresan preocupación por la megalomanía de Bush, los principales medios de noticias apenas mencionan sus protestas.
Por ejemplo, el senador demócrata por Winconsin Russell Feingold observó en un discurso del Senado (7 de febrero) que 'este gobierno reacciona ante cualquier persona que cuestiona este programa ilegal diciendo que quienes exigen la verdad y se levantan por nuestros derechos y libertades tienen una visión del mundo anterior al 11 de septiembre. En los hechos, el Presidente tiene una óptica del mundo anterior a 1776”.
La declaración de Feingold, comparando explícitamente a Bush con el rey George III, consiguió atención solamente en los blogs de Internet pero no en los grandes medios de noticias. Otro de los pocos políticos que hizo sonar alarmas fue el ex vice-Presidente Al Gore, quien aludió la eclosión del poder presidencial en un discurso -debidamente ignorado- en memoria de Martin Luther King Jr. (16 de enero, 2006).
'Un poder Ejecutivo cuya propia arrogancia de poder no hace caso a las legítimas directrices legislativas del Congreso, o actúa libre del control de la judicatura, se convierte en la amenaza central que los fundadores intentaron impedir en la Constitución, un Ejecutivo todopoderoso demasiado evocador del rey de quien se habían liberado”, dijo Gore.
'Como el Ejecutivo actúa fuera de su rol prescrito en la Constitución y puede controlar el acceso a la información que expondría sus acciones, cada vez es más difícil que otras ramas lo controlen. Una vez que se pierde esa capacidad y se amenaza la democracia misma, entramos a un gobierno de hombres y no de leyes' (7).
4/3/06 |